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SOROLLA: La luz del Mediterráneo

Si un pintor captó la vida y la luz de las costas del Mediterráneo, ese fue Joaquín Sorolla y Bastida. En los cuadros marinos del valenciano, no es difícil sentir como el viento revuelve las ropas y el sol deslumbra.

Su historia comienza en Valencia, en 1863. Criado por sus tíos, inició sus estudios artísticos con el escultor Cayetano Capuz y más adelante en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de San Carlos. A lo largo de su trayectoria artística, el pintor viajó a Roma, donde conoció la obra de los grandes maestros renacentistas, y a París, donde entraría en contacto con el Impresionismo.

Tras sus viajes se instalaría en Madrid con su esposa, Clotilde García. Nos encontramos en 1889. Entonces comenzaría una trayectoria profesional llena de éxitos. Entre ellos, sus obras de crítica social como “Trata de blancas”, “Aún dicen que el pescado es caro”, o “Triste Herencia”. En la Exposición Universal de París de 1894 conoce el luminismo de los pintores nórdicos, un estilo que marcará su producción posterior. Sorolla comienza a pintar al aire libre y de sus pinceles nacerán las escenas cotidianas y paisajísticas de la vida mediterránea por las que tanto se le conoce. Entre sus obras más destacadas, “Niños en la playa”, “La vuelta de la pesca”, o “Paseo por la playa”. Su fama sería internacional.

En Noviembre de 1911 firmó un encargo para la Sociedad Hispánica de América, su fundador, Archer Milton Huntington, se había convertido en su principal valedor. Huntington conoció la obra del valenciano en Londres, en 1908. Deslumbrado por sus pinceladas diáfanas y su dominio de la luz, le introdujo en el mercado estadounidense. Fue su mayor mecenas.

La Hispanic Society atesoró 159 Sorollas y su mayor encargo fue “Visión de España”, catorce murales que representan las gentes y costumbres de las diversas regiones de España, obras que servirían para decorar la biblioteca de la institución; para inspirarse, viajó incansablemente por todo el país buscando lo más peculiar de su indumentaria y sus costumbres. Sorolla se enfrentó a un proyecto mural de proporciones gigantescas, cuadros de cuatro metros que le obligaban a subir y bajar una escalera hasta cien veces durante la misma mañana. Según el catedrático de Historia del Arte, Felipe Garín, “cuando tenía vértigos, se tomaba una copita de Jerez”. El éxito fue notable. Las colas fueron continuas a las puertas de la Hispanic Society al día siguiente de su inauguración, y más de 160,000 personas visitaron en un mes la institución para ver la exposición del valenciano.

En aquella época, la sociedad estadounidense recordaba la guerra contra España, y Sorolla, como asegura su bisnieta, Blanca Pons-Sorolla, “quería contribuir a la recuperación haciéndose el mejor embajador del país”. Su esfuerzo no fue en balde, la prueba de ello es el entusiasmo coleccionista de sus obras que enraizó en tierras americanas. Grandes magnates, directores de museos e incluso artistas como Louis Comfort Tiffany querían ser retratados por él, no se resistían a comprar sus creaciones. Hasta el presidente de Estados Unidos, Willian Howard Taft, le invitó a la Casa Blanca, donde posó para el pintor español. Sorolla cobró por el retrato 3.000 dólares.

Así, la dimensión internacional de Sorolla no tiene límites. Sus pinceladas sueltas, su búsqueda del momento o sus efectos de luz se pueden encontrar en museos tan prestigiosos como el Metropolitan de Nueva York, el museo de Orsay de París o la Galería Nazionale de Venecia. Dos años después de la muerte del pintor, que aconteció en la localidad madrileña de Cercedilla en 1923, su viuda dictó testamento. En él donó la vivienda familiar y sus colecciones al Estado Español para crear un museo en su nombre. El Museo, inaugurado en 1932, se ubica en el edificio en el que el pintor tenía su casa y su taller, en pleno centro de Madrid.

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